Era un día más en la rutinaria vida de Catastrophe city, una ciudad dormitorio (es decir, una ciudad en la que la mayor parte de su población trabaja en otra ciudad aún más grande) de algo más de un cuarto de millón de habitantes que parecía emanar calma y tranquilidad a donde quisiera que uno mirase y que por ello había sido nombrada varias veces como la tercera ciudad más aburrida de todo el mundo.
Y esto era debido a que tenía el índice de criminalidad, siniestralidad, discotecas, centros comerciales y demás cosas similares, más bajo de toda la tierra (de hecho solo había un maxi-centro comercial en toda la ciudad).
En definitiva que era la ciudad perfecta en la que todo el mundo quería vivir y ser feliz a más no poder; pero como siempre, para que eso fuera posible tenía que haber una excepción que confirmara la regla.
Pues bien, esa excepción era la universidad de Catastrophe city.
Era el único lugar de la ciudad en donde la vida real era como desgraciadamente era la vida real. Donde imperaba la ley del más fuerte, y los débiles e inteligentes eran pisoteados por los más fuertes y estúpidos; y las chicas eran horriblemente despiadadas a más no poder con los pobres chicos que eran unos perdedores natos y no tenían la suerte de ser ni fuertes, ni altos, ni guapos, ni inteligentes en grado sumo y que se encontraran en los más bajo de la escala social justo por detrás de las papeleras.
En realidad, siendo sincero la universidad de Catastrophe city tenia suerte porque sólo había uno de esos marginados del que todos los chicos se burlaban (incluso los del club de ajedrez) y las chicas se aprovechaban de él porque era un buenazo de los que no saben decir no. De esos chicos que para compensar su inexistente vida social se quedan en casa tragándose todo lo que echen por la tele, leyendo todo tipo de libros y jugando a los videojuegos hasta que los ojos le lloraban sangre porque las lagrimas se le agotaron cuando fue rechazado por la chica numero mil a la que invito a salir y esta se rió en su cara.
Lo malo, porque siempre hay aun lado malo en este tipo de casos, es que ese capullo, pringao, nulidad y torpe en grado extremo era yo.
Era el típico chico de veintiún años de pelo rubio oscuro, ojos azules con gafas simpáticas, algún que otro grano, escaso metro ochenta, un par de kilos de más y un par de kilos de músculo de menos, ropa sencilla que si era de moda era por pura chiripa.
En estos momentos estaréis pensando que no existe nadie así en el mundo. Pues si creéis que exagero, os equivocáis; pues mucho me temo que me este quedando un poco bastante corto. Y si no para muestra un botón como se suele decir.
- Maldita sea. Llegó tarde.- grite bajando desesperadamente las escaleras de la universidad para tratar de llegar a clase a tiempo o no muy tarde.
No había bajado ni cinco escalones cuando di un mal paso y el resto de los treinta escalones los baje rodando entre alaridos de dolor hasta que mis huesos tocaron el suelo.
Me puse en pie esperando que todos mis órganos estuvieran en su sitio, los huesos enteros, que no tuviera muchas hemorragias internas y lanzándome de nuevo a la carrera.
- Ya... ya estoy...aquí.- comente abriendo de la puerta de la clase sin respiración, viendo puntos negros y a punto de sufrir un ataque al corazón. Y menos mal que sólo habían sido unos cien metros que si no...
- ¿Otra vez usted?- pregunto el profesor Preston mirándome como una molestia.
- Lo siento, lo siento. Lamento mucho el retraso.- comente haciendo reverencias para suplicar la escasa compasión que pudiera albergar su negro corazón.
- Es usted, sin lugar a dudas, el más inútil de todos los alumnos que hayan pisado esta universidad.- reconoció el profesor Preston.- Pero no pienso perder mi valioso tiempo en hacer comentarios obvios acerca de lo patético que es usted o de su comportamiento. Por lo que únicamente voy a decirle tres cosas. En primer lugar que llegar tarde a una clase es, sin genero de dudas, un falta total de respecto y educación hacía sus compañeros y profesores ya que les hace perder un tiempo valiosísimo.
- Si, señor.- comente bajando la cabeza de forma abochornada.
- En segundo lugar, hoy es viernes y no jueves por lo que obviamente debería estar en otra clase a la que llega tarde.
Ahora que los puntos que me tapaban la visión estaban remitiendo pude ver que los alumnos allí presentes no eran mis habituales compañeros.
- ¡Ouch!- exclame sin poder evitarlo.
- Y en tercer lugar, ha vuelto a olvidarse los pantalones.
Baje la vista y volví a comprobar con horror que tenía razón por lo que no dude en dar un pequeño grito y salir corriendo de allí. Menos mal que por lo menos llevaba unos calzoncillos largos a rayas y no los de color azul con el emblema de Superman.
Llegué a la clase que me correspondía (naturalmente, no sin antes de pasar por mi taquilla para coger unos pantalones de repuesto que guardaba allí) en donde el profesor me echo una bronca terrible mientras la clase entera se reía de mí.
Era la tercera vez que me pasaba en lo que iba de mes; lo cual no sería muy grave si estuviéramos a día 30 y no a 7.
Menuda manera de empezar el día.
Y eso que sólo acababa de empezar.
Y esto era debido a que tenía el índice de criminalidad, siniestralidad, discotecas, centros comerciales y demás cosas similares, más bajo de toda la tierra (de hecho solo había un maxi-centro comercial en toda la ciudad).
En definitiva que era la ciudad perfecta en la que todo el mundo quería vivir y ser feliz a más no poder; pero como siempre, para que eso fuera posible tenía que haber una excepción que confirmara la regla.
Pues bien, esa excepción era la universidad de Catastrophe city.
Era el único lugar de la ciudad en donde la vida real era como desgraciadamente era la vida real. Donde imperaba la ley del más fuerte, y los débiles e inteligentes eran pisoteados por los más fuertes y estúpidos; y las chicas eran horriblemente despiadadas a más no poder con los pobres chicos que eran unos perdedores natos y no tenían la suerte de ser ni fuertes, ni altos, ni guapos, ni inteligentes en grado sumo y que se encontraran en los más bajo de la escala social justo por detrás de las papeleras.
En realidad, siendo sincero la universidad de Catastrophe city tenia suerte porque sólo había uno de esos marginados del que todos los chicos se burlaban (incluso los del club de ajedrez) y las chicas se aprovechaban de él porque era un buenazo de los que no saben decir no. De esos chicos que para compensar su inexistente vida social se quedan en casa tragándose todo lo que echen por la tele, leyendo todo tipo de libros y jugando a los videojuegos hasta que los ojos le lloraban sangre porque las lagrimas se le agotaron cuando fue rechazado por la chica numero mil a la que invito a salir y esta se rió en su cara.
Lo malo, porque siempre hay aun lado malo en este tipo de casos, es que ese capullo, pringao, nulidad y torpe en grado extremo era yo.
Era el típico chico de veintiún años de pelo rubio oscuro, ojos azules con gafas simpáticas, algún que otro grano, escaso metro ochenta, un par de kilos de más y un par de kilos de músculo de menos, ropa sencilla que si era de moda era por pura chiripa.
En estos momentos estaréis pensando que no existe nadie así en el mundo. Pues si creéis que exagero, os equivocáis; pues mucho me temo que me este quedando un poco bastante corto. Y si no para muestra un botón como se suele decir.
- Maldita sea. Llegó tarde.- grite bajando desesperadamente las escaleras de la universidad para tratar de llegar a clase a tiempo o no muy tarde.
No había bajado ni cinco escalones cuando di un mal paso y el resto de los treinta escalones los baje rodando entre alaridos de dolor hasta que mis huesos tocaron el suelo.
Me puse en pie esperando que todos mis órganos estuvieran en su sitio, los huesos enteros, que no tuviera muchas hemorragias internas y lanzándome de nuevo a la carrera.
- Ya... ya estoy...aquí.- comente abriendo de la puerta de la clase sin respiración, viendo puntos negros y a punto de sufrir un ataque al corazón. Y menos mal que sólo habían sido unos cien metros que si no...
- ¿Otra vez usted?- pregunto el profesor Preston mirándome como una molestia.
- Lo siento, lo siento. Lamento mucho el retraso.- comente haciendo reverencias para suplicar la escasa compasión que pudiera albergar su negro corazón.
- Es usted, sin lugar a dudas, el más inútil de todos los alumnos que hayan pisado esta universidad.- reconoció el profesor Preston.- Pero no pienso perder mi valioso tiempo en hacer comentarios obvios acerca de lo patético que es usted o de su comportamiento. Por lo que únicamente voy a decirle tres cosas. En primer lugar que llegar tarde a una clase es, sin genero de dudas, un falta total de respecto y educación hacía sus compañeros y profesores ya que les hace perder un tiempo valiosísimo.
- Si, señor.- comente bajando la cabeza de forma abochornada.
- En segundo lugar, hoy es viernes y no jueves por lo que obviamente debería estar en otra clase a la que llega tarde.
Ahora que los puntos que me tapaban la visión estaban remitiendo pude ver que los alumnos allí presentes no eran mis habituales compañeros.
- ¡Ouch!- exclame sin poder evitarlo.
- Y en tercer lugar, ha vuelto a olvidarse los pantalones.
Baje la vista y volví a comprobar con horror que tenía razón por lo que no dude en dar un pequeño grito y salir corriendo de allí. Menos mal que por lo menos llevaba unos calzoncillos largos a rayas y no los de color azul con el emblema de Superman.
Llegué a la clase que me correspondía (naturalmente, no sin antes de pasar por mi taquilla para coger unos pantalones de repuesto que guardaba allí) en donde el profesor me echo una bronca terrible mientras la clase entera se reía de mí.
Era la tercera vez que me pasaba en lo que iba de mes; lo cual no sería muy grave si estuviéramos a día 30 y no a 7.
Menuda manera de empezar el día.
Y eso que sólo acababa de empezar.
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