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catastrophe23
31 July 2006 @ 11:20 am
Era un día más en la rutinaria vida de Catastrophe city, una ciudad dormitorio (es decir, una ciudad en la que la mayor parte de su población trabaja en otra ciudad aún más grande) de algo más de un cuarto de millón de habitantes que parecía emanar calma y tranquilidad a donde quisiera que uno mirase y que por ello había sido nombrada varias veces como la tercera ciudad más aburrida de todo el mundo.
Y esto era debido a que tenía el índice de criminalidad, siniestralidad, discotecas, centros comerciales y demás cosas similares, más bajo de toda la tierra (de hecho solo había un maxi-centro comercial en toda la ciudad).
En definitiva que era la ciudad perfecta en la que todo el mundo quería vivir y ser feliz a más no poder; pero como siempre, para que eso fuera posible tenía que haber una excepción que confirmara la regla.
Pues bien, esa excepción era la universidad de Catastrophe city.
Era el único lugar de la ciudad en donde la vida real era como desgraciadamente era la vida real. Donde imperaba la ley del más fuerte, y los débiles e inteligentes eran pisoteados por los más fuertes y estúpidos; y las chicas eran horriblemente despiadadas a más no poder con los pobres chicos que eran unos perdedores natos y no tenían la suerte de ser ni fuertes, ni altos, ni guapos, ni inteligentes en grado sumo y que se encontraran en los más bajo de la escala social justo por detrás de las papeleras.
En realidad, siendo sincero la universidad de Catastrophe city tenia suerte porque sólo había uno de esos marginados del que todos los chicos se burlaban (incluso los del club de ajedrez) y las chicas se aprovechaban de él porque era un buenazo de los que no saben decir no. De esos chicos que para compensar su inexistente vida social se quedan en casa tragándose todo lo que echen por la tele, leyendo todo tipo de libros y jugando a los videojuegos hasta que los ojos le lloraban sangre porque las lagrimas se le agotaron cuando fue rechazado por la chica numero mil a la que invito a salir y esta se rió en su cara.
Lo malo, porque siempre hay aun lado malo en este tipo de casos, es que ese capullo, pringao, nulidad y torpe en grado extremo era yo.
Era el típico chico de veintiún años de pelo rubio oscuro, ojos azules con gafas simpáticas, algún que otro grano, escaso metro ochenta, un par de kilos de más y un par de kilos de músculo de menos, ropa sencilla que si era de moda era por pura chiripa.
En estos momentos estaréis pensando que no existe nadie así en el mundo. Pues si creéis que exagero, os equivocáis; pues mucho me temo que me este quedando un poco bastante corto. Y si no para muestra un botón como se suele decir.
- Maldita sea. Llegó tarde.- grite bajando desesperadamente las escaleras de la universidad para tratar de llegar a clase a tiempo o no muy tarde.
No había bajado ni cinco escalones cuando di un mal paso y el resto de los treinta escalones los baje rodando entre alaridos de dolor hasta que mis huesos tocaron el suelo.
Me puse en pie esperando que todos mis órganos estuvieran en su sitio, los huesos enteros, que no tuviera muchas hemorragias internas y lanzándome de nuevo a la carrera.
- Ya... ya estoy...aquí.- comente abriendo de la puerta de la clase sin respiración, viendo puntos negros y a punto de sufrir un ataque al corazón. Y menos mal que sólo habían sido unos cien metros que si no...
- ¿Otra vez usted?- pregunto el profesor Preston mirándome como una molestia.
- Lo siento, lo siento. Lamento mucho el retraso.- comente haciendo reverencias para suplicar la escasa compasión que pudiera albergar su negro corazón.
- Es usted, sin lugar a dudas, el más inútil de todos los alumnos que hayan pisado esta universidad.- reconoció el profesor Preston.- Pero no pienso perder mi valioso tiempo en hacer comentarios obvios acerca de lo patético que es usted o de su comportamiento. Por lo que únicamente voy a decirle tres cosas. En primer lugar que llegar tarde a una clase es, sin genero de dudas, un falta total de respecto y educación hacía sus compañeros y profesores ya que les hace perder un tiempo valiosísimo.
- Si, señor.- comente bajando la cabeza de forma abochornada.
- En segundo lugar, hoy es viernes y no jueves por lo que obviamente debería estar en otra clase a la que llega tarde.
Ahora que los puntos que me tapaban la visión estaban remitiendo pude ver que los alumnos allí presentes no eran mis habituales compañeros.
- ¡Ouch!- exclame sin poder evitarlo.
- Y en tercer lugar, ha vuelto a olvidarse los pantalones.
Baje la vista y volví a comprobar con horror que tenía razón por lo que no dude en dar un pequeño grito y salir corriendo de allí. Menos mal que por lo menos llevaba unos calzoncillos largos a rayas y no los de color azul con el emblema de Superman.
Llegué a la clase que me correspondía (naturalmente, no sin antes de pasar por mi taquilla para coger unos pantalones de repuesto que guardaba allí) en donde el profesor me echo una bronca terrible mientras la clase entera se reía de mí.
Era la tercera vez que me pasaba en lo que iba de mes; lo cual no sería muy grave si estuviéramos a día 30 y no a 7.
Menuda manera de empezar el día.
Y eso que sólo acababa de empezar.
 
 
catastrophe23
31 July 2006 @ 11:22 am
Casi siempre solía pasarme cosas así especialmente en época de exámenes en las que tenía un millar de cosas en la cabeza como fechas de exámenes, montones de temas de las asignaturas que tenía que entender dos o tres días antes de su examen, y ese tipo de cosas que solían traer consigo los exámenes; y eso venia a significar que me olvidaba de otras cosas sin importancia como poner el despertador, el día que era u olvidar ponerme los pantalones cuando salía a la carrera por haberme quedado dormido.
Afortunadamente el viernes siguiente era la graduación y podría dejar atrás otra lamentable época de mi vida y tras graduarme llevar a cabo unos sueños tan simples como: buscar un trabajo con el que poder obtener el dinero suficiente para ganarme la vida, echarme una preciosa novia que me quiera, casarme con ella y comprar una bonita casa con su hipoteca de treinta o cuarenta años, tener hijos que me maten a disgustos, jubilarme y retirarme a la casa de la playa en donde pasar el resto de mis días.
Vamos que básicamente mis planes para el futuro se reducían a tener una tranquila y sencilla vida en una tranquila y sencilla ciudad en donde nunca pasaba nada de nada.
En definitiva, era viernes. (No un maldito jueves, si no un horribles viernes) Un viernes como otro cualquiera salvo por el hecho de que era el día en que comenzaba las fiestas de la ciudad y todo el mundo iba a ir a la feria que se había instalado en las afuera a pasarlo en grande y disfrutar del algodón de azúcar y las atracciones.
Aún así y todo, para mí era como cualquier otro viernes que anunciaba un solitario fin de semana; aunque para evitarlo trataba de conseguir una cita para el sábado por la noche usando todos mis encantos... con el mismo éxito de todos los viernes. A no ser que lograra conquistar el corazón de una bella muchacha.
Y en aquel momento la chica en cuestión (a la que sus benditos progenitores le habían dado el nombre de Jesse) era una preciosidad de metro setenta y cinco con una melena castaña oscura que quitaba el hipo e iba a juego con unos arrebatadores ojos castaño, tez suave medio bronceada y todo ello aderezado con la típica crueldad femenina.
Y lo más importante, sin novio.
- Hola, Jesse. ¿Qué tal estas?- pregunte poniéndome a su lado.- ¿Haces algo esta noche?- añadí con tono casual, como quien pregunta por el tiempo.
- Lavarme la cabeza.- respondió sin vacilar en absoluto.
- ¿Y si después quedamos para ir a la feria?- pregunte con mi tono más dulce con sonrisa a juego y poniendo mi mirada de cordero a punto de ser degollado teniendo que ser una persona realmente desalmada para decir que no.
Jesse se paro en seco y comenzó a reírse a carcajadas como si acabara de contar el chiste más gracioso del planeta destrozando cualquier posibilidad de conseguir una cita con ella en esta vida o en cualquier otra.
- ¿Significa eso que tal vez?- pregunte tímidamente.
El ataque de risa se interrumpió bruscamente y me miro a los ojos como si estos fueran dos mortíferas armas láser y pudiera reducirme a cenizas con ellos.
- Significa que ni lo sueñes.- me tradujo casi escupiéndome.- Preferiría tragar cristales afilados y vomitarlos para luego volver a tragármelos antes que salir con algo tan patético y asqueroso como tú.- y tras destrozar mis sentimientos continuo su camino mientras yo me quedaba allí parado compadeciéndome y sin saber que decir para animarme.
Lo más triste de todo es que si que lo encontré.
“Y que aún así y todo sea lo más bonito que me haya dicho una chica en todo lo que llevo de día.”
Jesse se había alejado un par de metros cuando se detuvo en seco y se volvió hacia mí con una velocidad casi felina.
- ¿Tienes los apuntes que te pedí?- pregunto con el mismo tono frío aunque tal vez una pizca más amable.
- Sí, yo...- pero ya me los había arrancado de la mano y continuó con su camino en un abrir y cerrar de ojos.- Entonces de ir a la exposición del Antiguo Egipto que han inaugurado en el museo ni hablamos, ¿verdad?- pregunte a nadie en particular puesto que ya se había marchado de allí velozmente.- ¿Se puede ser más patético?- me susurre.
Suena, y de hecho es, algo realmente patético la forma en la que actuó pero dejarles mis apuntes a las chicas era la única forma en que me dirigían la palabra.
Me di media vuelta cabizbajo y sujetando mis libros de texto como si fueran lo único que poseyera mientras me prometía por enésima vez no volver a comportarme como el autentico capullo que era aun sabiendo de ante mano que me olvidaría de ello en cuanto la próxima chica me pidiera unos apuntes.
Lo curioso es que a pesar de ir cabizbajo no vi el pie que se cruzo en mi camino hasta que no di con mis huesos en la hierba del campus, poniéndome naturalmente perdido de tierra y tanto mis libros como mis apuntes decidían dar una pequeña vuelta.
- Eh, perdedor, ten más cuidado y mira por donde voy.- comento despectivamente el responsable de mi caída esbozando una sonrisa de hiena salvaje.
Vinny McArra, el matón más desalmando que el mundo ha tenido ocasión de conocer y la antitesis de todo lo que representa la ciudad de Catastrophe. Era uno de esos malotes guaperas que trae locas a todas las nenas (según decía el mismo) Y lo peor es que por muy mal que tratara a las chicas estas siempre parecían besar el suelo por donde pisaba.
Y como de costumbre iba acompañado por su fiel guardaespaldas, un chico algo más bajo que él, de aspecto latino, pelo pincho, barba de tres días, pendientes en las orejas, gafas de sol de matón idénticas a la de su compañero, pañuelo en la cabeza y el doble de musculoso que Vinny, y que en aquel momento procuraba evitar mirarme a los ojos. ¿La razón? Pues que cuando fuimos un par de mocosos éramos dos de los mejores amigos que la ciudad había conocido, éramos como uña y mugre. Nos gustaban las mismas cosas y nos metíamos siempre en líos.
Hasta el día que llegó la pubertad y comenzamos a interesarnos por las chicas. Mi amigo comenzó a hincharse como un globo lleno de esteroides y empezó a adquirir aspecto de malote y su carácter cambio para hacer juego con él. Naturalmente las chicas comenzaron a acercarse a él y él se fue acercando a los malotes que eran los chicos de los que antes huíamos, olvidándose completamente de nuestra amistad.
- Hasta luego, capullo.- comento McArra pasando por encima de mí y de mis apuntes.
Me puse en pie y recogí mis apuntes dando gracias porque en esta ocasión no llevaba sus botas de pinchos.
En aquel instante, el viernes me pareció un día muy, pero que muy lejano.
 
 
 
 
 

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